VALORES de CALIDAD.- LA AMABILIDAD III

VALORES de CALIDAD.- LA AMABILIDAD III

En anteriores entradas he descrito los dos primeros pasos que hay que dar en el mundo de la amabilidad: SALUDAR y HABLAR BIEN.Espero que lo pongan en práctica cada día para que comprueben su utilidad y su recompensa.

Como tercer verbo complementario de la amabilidad traigo hoy a mi blog el verbo AYUDAR. Este verbo por si solo tiene múltiples acepciones (asistir, socorrer, sostener, apoyar, favorecer, etc.) pero dirigido a la amabilidad solo una: prestar cooperación.

Quien crea que caminando solo va a llegar a alguna parte, está muy equivocado. Quien se crea autosuficiente se miente a sí mismo de forma escandalosa y alguien debería sacarlo de su error. Resulta que todos nos necesitamos. Entre otras cosas porque somos imperfectos,pero entre otras cosas también porque cada uno de nosotros dispone de algo único y especial que ayuda a complementar las imperfecciones de otros.

Me explico mejor. Yo soy terrible en matemáticas. Odio los números. Me duele la cabeza si he de hacer alguna cuenta por pequeña que sea y necesito que alguien me ayude con eso. Pero necesito de alguien que amablemente me ayude. Si ha de venir el sabio de turno, el cerebrito que todo lo sabe pero que a la hora de explicarlo es un negado e incluso sus modales dejan que desear porque su falta de paciencia es notoria, nunca me ayudará. Su amabilidad debe consistir en querer ayudarme de verdad y para ello encontrar la forma mejor de hacerlo. Y de prestado. Esto es importante. Si se ayuda a alguien ha de ser gratuitamente. Sino no puede considerarse ayuda. Y yo puedo echarle un cable a él en alguna otra cosa de la que él carezca. Quid pro quo.

En el mundo laboral, esto de ayudarse, lo de  de cooperar y prestar cooperación está en horas bajas. Justo cuando más necesario es. Con esta situación de marejada que existe en cada trabajo, donde no sabes cuánto tiempo vas a durar y si está en tus manos o no el permanecer, sería de extraordinaria ayuda el que nos ayudáramos los unos a los otros. Valga y disculpen, la redundancia. No hablo de trabajo en equipo. Esto es otra cosa. Hablo de tendernos la mano, de echarnos una mano para mejorar nuestro día a día. Para poder decir, no sé de números, pero tengo un compañero que me ayuda si me atasco.

En el mundo de la atención al cliente, el ayudarse mutuamente es fundamental. Por el bien del cliente. Y por el nuestro también.

Podría darles infinidad de ejemplos donde las zancadillas están a la orden del día. Donde el “que se espabile” es el aire de la oficina. Donde el “no sé” campa a sus anchas por todas partes. Donde las excusas, tipo “no es mi departamento”, “no me pagan para esto” o “el jefe lo quiere así y no hay más que hablar” son el pan nuestro de cada día.

Ahora pónganse en el lugar del cliente. No, mejor aún, ustedes son los clientes. Usted, está en una tienda buscando un objeto de regalo para un ser querido. Varios empleados/das pululan por la tienda y  ninguno en concreto se dirige a usted. Finalmente llama a alguno de ellos y éste se le acerca. ¿Qué desea? Necesitaría esto. Uf! perdone,  no es mi departamento y no conozco muy bien las medidas, los pesos o los precios. (Elijan) Espere que llame a mi compañero. Y automáticamente el tío desaparece. El compañero viene y dice, es que éste no se entera de nada. Le atiende más o menos bien a usted y usted compra o no  el objeto.

¿Ha visto la cadena de errores que se han cometido? En otra entrada describiré uno por uno, en ésta les quiero hacer pensar en ese muchacho que se acerca al cliente. Por temor a meter la pata llama a alguien que resuelva la situación. Y por temor a recibir alguna represalia del compañero hace mutis por el foro. ¿Quién ha salido perjudicado? Indudablemente, el cliente. Pero entre ellos no se han ayudado. No se han prestado la colaboración necesaria para saber hacer bien su trabajo y dejar satisfecho al cliente. Yo te enseño a ti y tú me enseñas  a mí.

Ayudémonos, prestemos esa cooperación tan necesaria en todos los ámbitos de la vida. Todos saldremos ganado. Los que enseñen porque se sentirán realizados, los que aprendan porque se sentirán más seguros. Los que crean que van bien solos, que miren a su alrededor. Todos somos clientes de todos. Todos nos necesitamos. Todos debemos ayudarnos. De forma amable y generosa. Y no me digan que muchas veces se pierde la paciencia, porque enseñas una y otra vez y no hay manera. En vez de pensar: ¡Qué torpe es el pobre! Piensa, ¿qué estoy haciendo yo mal para que él no aprenda?

 

Gracias por su amabilidad.

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